Hemos visto tantas veces lo que estĆ” pasando en Nicaragua que solo sorprende que siga sucediendo. Un lĆder carismĆ”tico de inspiración marxista-leninista, que un dĆa luchó contra una dictadura conservadora, acaba con las instituciones democrĆ”ticas que lo auparon, instaura otro rĆ©gimen dictatorial -mĆ”s arbitrario y corrupto que aquel contra el que luchó- y trata de perpetuarse en el poder. Cuando la gente protesta, la reprime con brutalidad sirviĆ©ndose del aparato de terror estatal. La cifra de muertos sube dĆa tras dĆa -ya va por tres centenares-, sin contar heridos y desaparecidos. La resistencia civil, aterrorizada, pide ayuda a la comunidad internacional y aguarda a que Naciones Unidas se pronuncie claramente contra el dictador. Al mismo tiempo, confĆa en que la Organización de Estados Americanos vote de una vez una resolución que sirva para aislar al rĆ©gimen, incluyendo las sanciones pertinentes. Hasta la fecha, Estados Unidos, 13 paĆses latinoamericanos y el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, se han limitado a pedir el fin de la violencia contra los manifestantes, pero Guterres se resiste a seƱalar a Daniel Ortega como responsable directo de los crĆmenes.
Una ley histórica establece que las dictaduras se endurecen a medida que se perciben mĆ”s dĆ©biles: cuando nota que pierde el control, el tirano se vuelve mĆ”s cruel. Esa norma juega en contra de la oposición a Daniel Ortega y su mujer, Rosario Murillo, a la sazón vicepresidenta de Nicaragua. El hecho de que el jueves se cumplan los 39 aƱos del triunfo de la revolución sandinista explica la escalada represiva que el oficialismo, deseoso de llegar a los fastos conmemorativos con las calles bien quietas, estĆ” desatando en los Ćŗltimos dĆas. Primero atacó la Universidad Nacional de Managua, donde se habĆan hecho fuertes los estudiantes. DespuĆ©s envió dos millares de efectivos armados -entre EjĆ©rcito, PolicĆa y paramilitares a las órdenes de Ortega- a la ciudad histórica de Masaya, bastión resistente ubicado a 35 kilómetros de Managua. La orden era Ā«limpiar la ciudadĀ» a cualquier precio. Entretanto, la propaganda del rĆ©gimen trata de desacreditar a la oposición presentando a los manifestantes como terroristas y antipatriotas y cercenando la libertad de prensa. Pero en la era de las redes sociales bastan unas horas para sacar una multitud a la calle con una convocatoria digital. Ortega cree que la mano dura los desmovilizarĆ”, pero segĆŗn pasa el tiempo las manifestantes crecen, probando el coraje de quien lucha por su libertad aunque sepa que hay orden de tirar a matar.La comunidad internacional debe reaccionar si no quiere otro caso como Venezuela: la triste imposición por aplastamiento de un dictador cuya vesania termina por desmoralizar a una oposición abandonada a su suerte. Lo hemos visto tantas veces que sorprende que el comunismo tenga hoy un solo apóstol sobre la faz de la tierra.
ArtĆculo de Elmundo.es
