âRomper con lo que se ha amado entrañablemente, hacer añicos con nuestras propias manos los Ădolos por ella creados, Ădolos que llenaban por completo nuestra alma, no es un proceso fĂĄcil; es, por el contrario, un proceso lento, penoso y cruel. Dejar de creer en lo que se ha creĂdo presupone un proceso de crisis donde las mentiras aceptadas como verdades luchan contra verdades que se nos figuraban mentiras. Es un forcejeo entre el ideal que se desploma y la conciencia que se resiste a la catĂĄstrofe espiritual. El hombre necesita creer por ese horror instintivo a la nada espiritual que le deshumaniza. Por temor a ese vacĂo opta por seguir aferrado a la ilusiĂłn muerta. O prefiere una fe endeble a no tener ninguna. Quien de la noche a la mañana se declara ateo es que nunca ha creĂdo en Dios.â JesĂșs Hernadez en âYo fui un Ministro de Stalin.â
Querido amigo. Me molestan los polĂticos de no justificar sus cambios de postura. Por coherencia, te debo una explicaciĂłn, sobre mi evoluciĂłn polĂtica.
Recuerdo aquellos tiempos en que compartĂamos creencias en sociedades perfectas de hombres nuevos, en la hermandad universal. Y en el marxismo. Era nuestra fe, porque lo nuestro era fe, laica pero fe.
Apoståbamos por el socialismo autogestionario y admiråbamos a Salvador Allende y a François Mitterrand y su programa de nacionalización de banca y grandes empresas.
No Ă©ramos conscientes de la tragedia que se vivĂa en los paĂses comunistas. OdiĂĄbamos a Estados Unidos y la guerra de Vietnam. Lo demĂĄs no existĂa. Para nosotros la guerra civil era una historia de buenos y malos.
Este fervor revolucionario se empezĂł a enfriar tras las elecciones del año 77. La democracia obligaba a dialogar con quienes tenĂan otra forma de pensar y aquello empezĂł a hacer verosĂmil que otros tambiĂ©n podĂan perseguir el bien comĂșn desde posiciones polĂticas distintas a la nuestra.
Mientras tanto, las polĂticas nacionalizadoras de Mitterrand se demostraron un rotundo fracaso y caĂmos en esa especie de melancolĂa polĂtica que se dio en llamar âel desencantoâ.
Con ese ĂĄnimo muchos nos alejamos de la polĂtica. No habĂamos conseguido la revoluciĂłn, pero una ConstituciĂłn democrĂĄtica no era un mal balance.
Conforme ponĂa distancia de la militancia polĂtica fui incrementando el sentido crĂtico. Toma nota: es sorprendente lo limitante intelectualmente que resulta la ideologĂa y la disciplina partidista.
DespuĂ©s vino Chaves Nogales, que me enseñó que la guerra civil no fue una historia de buenos y malos. En A Sangre y Fuego vi que los verdugos y las vĂctimas se repartieron en ambos bandos y que el torbellino propiciado por los extremos condujo al desastre.
El Gulag de Solzhenitsyn y los Relatos de KolimĂĄ de Shalamov me desvelaron cĂłmo el comunismo termina matando a millones de personas con el propĂłsito de crear el Hombre Nuevo. Por La Hambruna Roja de Appelbaum conocĂ cĂłmo StalĂn se cargĂł de forma planificada y premeditada a millones de campesinos. Una memoria del comunismo que ha dejado cerca de cien millones de muertos en campos de exterminio, represiĂłn y hambrunas.
AquĂ en Navarra, las trayectorias poco edificantes de alguno de nuestros antiguos lĂderes nos hicieron comprender lo arriesgado que es colocar a alguien en un pedestal.
En esta atmĂłsfera de desengaño han ido apareciendo otras formas de pensar y de entender. Escohotado me enseñó cĂłmo la historia demuestra que las sociedades que prosperan son las que permiten la propiedad privada, la creatividad individual y el comercio. Es decir, que no se pueden construir paraĂsos sociales sobre cementerios econĂłmicos. Los liberales de la escuela austriaca despanzurraron la piedra angular del pensamiento econĂłmico marxista: la teorĂa del valor. Las cosas no valen por el trabajo que cuesta hacerlas, sino por lo que alguien estĂ© dispuesto a pagar por ellas. El valor de los bienes no es objetivo. El precio no lo decide la autoridad polĂtica sino el consumidor que elige lo que considera mejor en un mercado libre. A partir de ahĂ, la teorĂa de la plusvalĂa cae por su peso.
Con JosĂ© Sevilla comprendĂ las razones por las que la socialdemocracia estĂĄ en crisis en toda Europa. Por quĂ© los gobiernos socialistas han fracasado despuĂ©s de hacer grandes promesas que luego no pueden cumplir. La socialdemocracia tiene su apogeo durante la guerra frĂa, donde el crecimiento de la productividad empresarial permite crear un cĂrculo virtuoso con aumento de beneficios, sueldos y recaudaciĂłn fiscal. Esta dinĂĄmica se deteriora en los años 80 y se estropea definitivamente a partir de la crisis econĂłmica de 2008. Desde entonces, el Estado de Bienestar se financia a base de deuda.
De JesĂșs Huerta de Soto aprendĂ que cuando los bancos centrales producen expansiones monetarias creando dinero sin apoyo previo del ahorro, se incentiva el endeudamiento de los gobiernos y se crean burbujas que terminan estallando y produciendo crisis econĂłmicas.
No tuve que leer Patria de Aramburu para ser consciente de cĂłmo un relato identitario inoculado durante tiempo en una sociedad puede envenenar la convivencia y crear un ambiente de opresiĂłn social y polĂtica que hace la vida irrespirable. Jon Juaristi alumbrĂł en mĂ ideas interesantes de cĂłmo se construye ese relato victimista, sobre la melancolĂa de la tribu por un pasado que nunca fue, por la ensoñaciĂłn de un pueblo idĂlico que nunca existiĂł.
Ahora leo a los pensadores liberales, recupero a John Stuart Mill, intentando averiguar cĂłmo es posible compatibilizar esas ideas con el desarrollo econĂłmico y social. En ese debate centrado espero encontrarte. Muy difĂcil si tu partido opta por giros radicales.
José Ramón Ganuza. Miembro de Sociedad Civil Navarra
