El disfraz de abuelita de Caperucita

El disfraz de abuelita de Caperucita

Artículo originalmente publicado en DN Digital el 10 de Enero de 2024

El 28 de diciembre, en teoría día de los inocentes, asistí en la plaza del ayuntamiento a la investidura del candidato de Bildu como alcalde de Pamplona. La plaza estaba tomada por los simpatizantes de los herederos de ETA, que curiosamente habían pedido organizar un acto allí un mes antes de que se hiciera oficial que el PSOE les apoyaría para desbancar a la alcaldesa de UPN.

En el centro de la plaza un pequeño grupo permanecíamos en silencio. Estábamos rodeados de decenas de personas que, como se ha demostrado, habían sido perfectamente aleccionadas por sus líderes y hasta coordinadas in situ por un ex dirigente de Jarrai (semillero juvenil de ETA) para no enseñar la patita en ese día señalado y dar una buena imagen sin asustar a la gente. De vez en cuando coreaban lemas como “Independentzia”, “UPN Kanpora”, “Agur UPN”,… pero es de agradecer que ya no gritaran “ETA, mátalos”.

También fueron muy astutos en el manejo de los símbolos. Sólo unas pocas banderas falsas de Navarra (sin corona, ni cadenas) y muy pocas banderas de una comunidad autónoma vecina, que no es Aragón ni la Rioja. Esa bandera que lucen habitualmente en sus actos y que ondea en algunos pueblos navarros con la que Bildu pretende suplantar nuestra verdadera bandera, para que nos vayamos habituando mentalmente a la anexión de nuestra Comunidad Foral.

El propósito de nuestra presencia en mitad de ese concurso de disfraces de abuelita de Caperucita, un anticipo de la Nochevieja pamplonesa, era simplemente animar y arropar a la alcaldesa y a los ediles de UPN y del PP. Se intentaba que a la salida del consistorio vieran algún rostro amable y escucharan unas palabras de aliento frente al posible linchamiento de los radicales como el que se produce en la procesión del 7 de julio en la calle Curia.

Por cierto, hace unos meses escribí en estas páginas que estuve allí en la última procesión y que aplaudí no solo a la alcaldesa, ahora saliente, sino también a Elma Saiz, a la que entonces también insultaban los bildutarras por haber permitido gobernar a la lista más votada, UPN. Aplaudí de corazón, del mismo modo que aplaudí que el PP apoyara al candidato del PSOE en los ayuntamientos de Barcelona y Vitoria para evitar alcaldes de secesionistas de Junts y de Bildu.

Muchos me tacharon de ingenuo o inocente. La verdad es que fue más la expresión de un deseo que una convicción. Nadie con un mínimo de sensatez podría haber descartado la siguiente traición que Pedro Sánchez maquinaba para recompensar a los que iban a hacerle presidente a él en Madrid, y a María Chivite en Navarra.

El signo inequívoco de esa inminente traición, ocultada celosamente durante meses, fue el premio para Elma Saiz escapando a Madrid como ministra, para así evitarle el mal trago de tener que mirarnos a la cara a los pamploneses después de haber reiterado hasta la saciedad que no darían la alcaldía a Bildu con sus votos. Ser ministra le evitará también estar presente en la próxima procesión de San Fermín y tener que escuchar algún que otro “Navarra no se vende”.

No debería haberse asustado tanto la ministra, porque en este lado del muro en el que sus jefes Pedro Sánchez y Santos Cerdán nos han confinado, ni matamos, ni secuestramos, ni ponemos bombas, ni enviamos cartas de extorsión como sí hacían sus socios.

Esos socios liderados por un condenado por secuestro. Esos socios que incluyen a asesinos y condenados varios en sus listas electorales, y que hacen homenajes a los terroristas. Esos socios tan exquisitamente democráticos y progresistas que sitúan como concejal de Gobierno Estratégico de Pamplona a Joxe Abaurrea, un condenado por agresiones a dos agentes municipales y a una concejal de Pamplona en 2019, y que en su momento no condenó el asesinato de su compañero de consistorio Tomás Caballero.

Esos aliados preferentes a los que el PSOE ha regalado la alcaldía de Pamplona para así gobernar Navarra y España, de inocentes no tienen nada de nada, por mucho teatro que hicieran. No se han arrepentido y serán por ello siempre culpables.

Los dirigentes socialistas que han perpetrado este pacto y que han expulsado a una figura histórica como Nicolás Redondo Terreros tampoco son inocentes. Son culpables de una ignominia y de una traición a Navarra.

Y los socialistas que a partir de ahora callen y traguen sin dimitir ni darse de baja de ese partido no serán otra cosa que sus silenciosos cómplices.

Era un 28 de diciembre, pero de inocentes, nada de nada.

Eduardo López-Dóriga Enríquez.
Presidente de Sociedad Civil Navarra
(www.sociedadcivilnavarra.org)

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